sábado, 28 de noviembre de 2020

Prologo 01: La niña y el vacio


- ¡Hermano, mira! - la voz de una niña fue lo que rompió el silencio del desierto, acompañando mas solamente por los pasos y el viento que soplaba sus ropas de vez en cuando. Las casas estaban usualmente calladas, y nada que solo sus propios pasos eran lo único que podía escucharse.

El hermano, de cabello dorados como las espigas del trigo ante la puesta de sol, se giro para ver a su hermano. Ojos verdes le devolvieron la mirada con entusiasmo, mientras sostenía el viejo cuenco de comida que se habían llevado con ellos para no comer con sus propias manos. Eso y entre pocas pertenecías se llevaron. No podían regresar a casa y el hermano comenzaba agotarse. 

Habían pasado unos días, pero se sentía como una eternidad desde que vio a sus padres. Su madre dijo que huyeran, y el trato de aferrarse a sus palabras. Juntarse significaría una mayor ventaja para la persona que los estaba buscando. Extraño significativamente su vida en su casa de paredes blancas, las camas suaves y el aire fresco que siempre había en el patio. 

No podrían tener nada de eso, no de nuevo.

Nada será como antes, muchacho. 

Las palabras, no de su madre y su padre, rondaban por su mente. Fue un momento decisivo, porque podía cambiar el futuro. Las palabras del sabio ermitaño lo persiguieron, como una pesadilla que frecuentaba en su mente al dormir sobre la fría grava de las calles del Cairo. 

Se supone, como el hermano mayor, que debía velar por sus hermanos, especialmente la pequeña. Solo tenia cinco años y apenas sabia escribir. Su madre lo odiaría para siempre si llevaba a cabo lo que planeaba hacer, pero tanto ella como su hermana ignoraban que el destino tenia otros planes para ellos. Su padre lo sabia, y se negó a decirles. En parte lo odio por eso, pero ahora entendía lo que trataba de prevenir. 

Cerro los ojos, y capto las imágenes que se le heredaron como una maldición dentro de su cabeza, contemplándola una y otra vez. Miles de futuros posibles, y todo al alcance de la mano. 

¿De que servía saber lo que sucedería sino podía detenerlo? 

Odiaba eso, no sentirse capaz de decidir su propio destino. Los invisibles hilos tiraban, diciéndole que tomara la decisión correcta, aun si eso suponía los grandes sacrificios qué llevaría a cabo. 

- ¿Hermano? - su hermana lo llamo de vuelta. Ojos verdes mirando con anticipación. Coloco sus manos sobre las mejillas ligeramente bronceadas por el sol y acaricio su cabello-. ¿Qué sucede?

- Estaremos bien- susurró, ella no comprendió. 

Ella vio esta mirada antes, en los ojos de su madre y su padre cuando prometieron quedarse. Tembló ligeramente, preocupada que ahora su hermano, la única persona que le quedaba la abandonara. Tomo sus manos y las apretó, temiendo que desaparecieron cuando parpadeara un solo segundo. 

¿Puedes quedarte conmigo y permanecer para siempre? 

La arena se llevo los recuerdos de esa noche, mientras que oían los canticos tradicionales del desierto acallar sus voces y el recuerdo de una familia que perduro hasta el ultimo segundo. Los dos hermanos se acostaron sobre sus propios hombros, buscando algún sensación de comodidad, uno preguntándose que le deparaba la vida y el otro sabiendo como terminaría....

¿Puedes prometerme que los buenos recuerdos no desaparecerán...?

- Perdóname -arranco el collar de su madre del cuello de su hermana, la miro una vez mas, tratando de memorizar cada rasgo que le recordaba y sabiendo que si alguna vez se volvían a ver, no la reconocería. Tomo la mitad de sus cosas, y se marcho, abandonando a la niña que seguía durmiendo sobre el pequeño manto, sin saber lo que ocurría ahora le estaba cambiando la vida. 

Los dos hermanos no se volverían a ver en mucho tiempo.